Tuesday, June 01, 2004

EL PERRO COJO

Y dice que, con la pata coja colgando,
pasó el perro por mi lado.
Un perro de pobre casta,
uno de esos callejeros
pobres de sangre y de estampa
que, nacidos en los rincones,
de perras tristes y flacas,
condenados a comer basura
de plaza en plaza.

Que de pequeños,
por lo fino y ágil de la infancia,
baloncitos de peluche,
tibios bolones de nácar,
los acurrucan, los miman,
los sacan al sol, les cantan.

De mayores,
con que ya se les fue la gracia,
los dejan a su ventura
mendigos de casa en casa.
Su sangre por los rincones
y su sed sobre las charcas.

Y qué tristes ojos tienen, eh
qué recóndita mirada,
como si en ella pusieran
su dolor a media asta.

Y se mueren,
se mueren,
de tristeza,
a la sombra de una tapia,
si es que un lazo no les da
una muerte anticipada.

Yo lo llamo:
ven, ven aquí,
ven, ven aquí.
Todo hociquito curioso,
todo sed, hambre, nostalgia.

El perro escucha mi voz,
olfatea mis palabras
como esperando o temiendo
pan, caricias o pedradas,
no en vano lleva marcado
un mal recuerdo en la pata.

Lo llamo otra vez:
ven aquí,
ven aquí,
no te hago nada,
eso es, ven aquí.

Todo orejas asustadas,
todo hociquito curioso,
que ya se tiende a mis pies,
a tiernos aullidos habla,
ladra para hablar más fuerte,
salta, gira, gira, salta,
cantan, ríen, ríen, cantan
lengua, orejas, ojos, patas,
y el rabo es
un incansable abanico de palabras.

¿Qué piedra te dejó cojo?
¡Malaya! ¡Malaya!
El perro me entiende, eh
sabe que maldigo la pedrada,
esa pedrada dura
que le destrozó la pata,
y con el rabo me está
agradeciendo la lástima.

Bah, no te preocupes,
que no te preocupes,
que no ha de faltarte nada.
Yo también soy callejero,
aunque de distintas plazas,
y a la patita coja voy
de jornada en jornada.
Las piedras que me tiraron
me dejaron coja el alma.

Vamos pues, perrito,
vamos, anda que te anda,
tú por tus calles oscuras,
yo por las mías calladas,
tú la pedrada en el cuerpo,
yo en el alma.

Y si te mueres,
yo te enterraré en mi casa
bajo un letrero que diga:
Aquí yace un amigo de mi infancia.
Y en el cielo de los perros,
pan tierno y carne mechada,
te regalará San Roque
una muleta de plata.

Compañero si los hay,
amigo donde los haya,
mi perro y yo por el mundo,
pan pobre, rica compaña.

Era joven y era viejo,
por más que yo lo cuidaba,
el tiempo malo pasado
le fue dejando sin alma.
Fueron
fueron muchas hambres juntas,
mucho peso para sus tres patas.

Y una mañana, en el huerto,
bajo mi ventana,
lo encontré tendido, frío,
como una piedra mojada.
Como duro musgo el pelo
con el rocío brillaba,
ya estaba mi pobre perro
muerto de las cuatro patas.

Y hacia el cielo de los perros
se fue, anda que te anda,
las orejas de relente
y el hociquito de escarcha.

Portero y dueño del cielo
San Roque en la puerta estaba,
ortopédico de mimos,
cirujano de palabras,
bien surtido de recambios
con que curar viejas taras.

Para ti tu rabo de oro,
a ti el ojo de ámbar,
a ti las orejitas de nieve,
tú, tu colmillo de nácar,
tu, y mi perro le reía,
tú, tu muleta de plata.

Ahora sé porqué está la noche agujereada.
¿Estrellas? ¿Luceros? ¡No! ¡no!
Es mi perro,
es mi perro que, cuando anda,
con la muleta va haciendo
agujeritos de plata.


anónimo

0 Comments:

Post a Comment

<< Home