Thursday, May 27, 2004

WALT WHITMAN

Me ha tocado en suerte, lo sé, lo mejor del tiempo y del espacio;

nunca he sido medido y no seré medido jamás.

El viaje que emprendo es eterno (¡que todos me oigan!).

Mis signos son un capote contra la lluvia,

fuertes zapatos y un bastón cortado en el bosque, en mi silla no sestean los amigos,

No tengo cátedra ni iglesia, ni filosofía,

No llevo a ningún hombre a una mesa puesta, a la biblioteca, a la bolsa,

pero a cada uno de vosotros, hombre o mujer, lo llevo a una cumbre.

Mi brazo izquierdo ciñe tu cintura,

Mi derecha señala los continentes y el gran camino.

Ni yo ni ningún otro puede andar por ti ese camino, eres tú quien debe andarlo.

No queda lejos, está a tu alcance, Quizá estabas en él desde que naciste y no lo has sabido,

Quizá esté en todas partes, en mar y en tierra.

Échate tus prendas al hombro, hijo mío, y yo traeré las mías y apresurémonos;

Ciudades prodigiosas y naciones libres nos saldrán al paso.

Si te cansas, dame las dos cargas y apoya tu mano en mi cadera,

Y a su debido tiempo me devolverás el mismo servicio,

Porque ya emprendida la marcha nunca descansaremos.

Esta mañana, antes del alba,

subí a una colina para mirar el cielo poblado,

Y le dije a mi alma: Cuando abarquemos esos mundos, y el conocimiento y el goce que

encierran, ¿estaremos al fin hartos y satisfechos?

Y mi alma dijo: No, una vez alcanzados esos mundos proseguiremos el camino.

Tú también me interrogas y yo te escucho,

Contesto que no puedo contestar, tú mismo debes encontrar la respuesta.

Siéntate un momento, hijo mío,

Aquí tienes pan para comer y leche para que bebas,

Pero después de haber dormido y haber cambiado de ropa te beso

con el beso del adiós y te abro la puerta para que salgas.

Demasiado tiempo has perdido en sueños deleznables,

Ahora te quito la venda de los ojos,

Debes acostumbrarte al brillo de la luz y de cada momento de tu vida.

Demasiado tiempo has vadeado, asido a una tabla en la orilla,

Ahora quiero que seas un nadador, que te arrojes al mar, que

reaparezcas, que me hagas una seña, que grites y que agites el

agua con tus cabellos.

Walt Whitman

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